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Mostrando las entradas etiquetadas como historias

LA SOMBRA DE ARISTO

LA SOMBRA DE ARISTO   Durante mi infancia, en el pueblo de mis abuelos (Sarandí Grande, departamento de Florida, Uruguay), un personaje al que todos conocíamos como Aristo y del que poco se sabía, recorría las calles día tras día. Iba arrastrando los pies y un poco a los tumbos llevando siempre en el bolsillo de atrás de su viejo pantalón, una honda. Todos nos burlábamos de su andar y le gritábamos “¡Aristo!” para luego escondernos para que no nos viera. Pasados los años, entendí que esa forma de tratar a los diferentes, es cruel e injusta. Aunque tarde, hoy escribo esta historia como un pequeño intento de reivindicación. —¡No se puede jugar a las cartas con ustedes!, ¡siempre ganan! Sinforosa, la abuela de Jorge, se quejaba de la buena suerte que tenían él y sus primos, Ana y Pedro, en el juego del purrete. Los vintenes iban con demasiada frecuencia de la mesa al bolsillo de los gurises y a la noche siguiente retornaban, siempre y cuando durante el día alguno no sucumbiera...

EL ADIÓS

  El adiós Sentada en un viejo sillón de madera y junco, bajo la sombra del enorme paraíso que dominaba el patio, la abuela soportaba inmóvil las calientes mañanas de aquel verano de 1980. Solo sus ojos celestes, herencia de sus padres italianos, se movían buscando algún rastro de la rebeldía y fortaleza que siempre había tenido. Aquella mujer silenciosa, triste y quieta, era otra mujer. En el cielo de su mirada, cada vez más tenue, la busqué porfiado. Reviví en sus pupilas, los rezongos y corridas por la casa cuando nuestras diabluras se volvían molestas. Y sobre todo añoré su sonrisa franca asomada a la hora del mate, cuando colgaba su eterno delantal en el fogón y disfrutaba cansada pero feliz, de las tardes tranquilas del pueblo. Es que la abuela llevaba una armadura que solo se abría con la llave del beso de alguno de sus nietos. Y entre empujones y quejas, siempre asomaba aquella mueca de amor que por alguna razón, se resistía a permanecer más de lo necesario. El ...

LA PERSIANA (tributo a mi calle)

  LA PERSIANA La persiana a medio cerrar del cuarto de mis padres era nuestro mirador secreto a la calle Asunción.  Angosta y transitada, segundona y humilde, intentaba sin conseguirlo, hacerse lugar entre dos colegas de mayor alcurnia. Una imponente, con título de avenida y aires de grandeza que se convierten en vientos perennes que levantan faldas y estropean paraguas. Otra más humilde y doméstica, que defiende con bravura su estirpe, llevando ómnibus y autos al centro de la ciudad, haciendo sentir el rigor de un empinado y largo, larguísimo repecho. En aquel apartamento de un solo dormitorio, nos acomodábamos mis padres, mi hermano y yo, sin protestar, disfrutando sin lujos nuestra infancia. Mi madre nos decía que no anduviéramos mucho en la calle. Creía que un mundo de riesgos y peligros invisibles estaban esperando para caer sobre nosotros apenas traspasáramos la puerta del edificio y tocáramos las baldosas de aquella desgastada vereda. Fue así que aqu...

LA VIEJA DE LA VENTANA

  LA VIEJA DE LA VENTANA Poco a poco su rostro surgía desde la oscuridad de aquel cuarto, como la caricatura de un espectro pasado de moda que solo podía asustar a los distraídos. La luz difusa del sol oculto por los edificios que rodeaban mi calle, iluminaba con desgano aquella cara, descubriendo apenas el contorno de sus pómulos endurecidos por los años, los labios apretados y aquellos ojos chiquitos que aunque cansados de tanto mirar, retenían aún restos del brillo adolescente donde se reflejaba el ir y venir de la gente. Le llamábamos la vieja de la ventana. Ella gastaba sus días, asomándose al mundo a través de aquella ventana de vidrios pequeños y antiguos, escondida detrás de una raída cortina de voile que alguna vez fue blanca y que silenciosa, se movía al impulso de su arrugada mano. Siempre estuvo ahí desde que tengo memoria. Vivía en una de las casas más viejas y derruidas del vecindario. Una construcción de techos altos, paredes gruesas y ventanas enormes con ...

REFLEXIONES DESCONFINADAS: UN EJERCITO DE OJOS

REFLEXIONES DESCONFINADAS 1: UN EJERCITO DE OJOS Un ejército de ojos tomó la calle. Miles de miradas perdidas inundando el espacio que dejaron otras que, encerradas, esperan el momento de imitarlas. Cuando sea prudente; o cuando ya no se pueda más. Batallones desordenados de seres con medio rostro con sus gestos perdidos detrás de telones de papel y tela. Perdidas las muecas de disgusto y las sonrisas tibias. Extraviados los labios apretados del esfuerzo o la desazón; escondidas las bocas abiertas por el asombro o el aburrimiento. Perdido el beso, atrapado en el tamiz del tapaboca. Curioso, ¿no?: igual que un virus. Tal parece que tendremos que aprender a ser más escrupulosos para descubrir en los ojos del otro las profundidades del alma; más allá de la poesía y el romanticismo. Tendremos que esforzarnos para que los demás vean en nuestras pupilas el reflejo de nuestros sentimientos. Extraño, todo es muy extraño. Pero real. ¿Cómo será el mundo en quince ...

EL TREN DE LAS 6:30

EL TREN DE LAS 6:30 -Se vino el frío…- dijo Pedro frotándose las manos y moviéndose unos pasos para alejarse de la vía. El tren de las 6:30 estaba por pasar. La estación de San Fernando se veía casi desierta a no ser por la presencia de Pedro el guarda-agujas y Rodrigo su ayudante. El viejo edificio de diseño inglés, exhibía con orgullo sus paredes de chapa acanalada pintadas prolijamente de azul. Es que había mucho tiempo y las horas se mataban entre pintura, barridas al andén y a la oficina, mates y más pintura. -¿Y no juegan al truco?- preguntó una vez un pasajero que recaló allí por error. -¡Ta loco!, más aburrido que jugar al truco de a dos, ¡deje quieto! Mantener la estación era otra cosa y casi la única cosa que hacer. Cada detalle que encontraban, era observado, conversado y vuelto a observar para después discutir largas horas para decidir qué hacer. -Mirá este agujero. -Pa, nunca lo había visto. -Y por eso te digo que lo mires. -Parece de cl...

MIS ABUELOS MATERNOS

MIS ABUELOS MATERNOS EL ABUELO ADHEMAR Un plato con cubitos de queso fresco, medio vaso de vino y una novela de Estefanía con historias lejanas de cowboys en sus manos. Acodado al fogón de la cocina, recalaba en ese puerto conocido, cada mediodía, el abuelo Adhemar con su sonrisa. Una sonrisa que aparecía en su voz, en su andar y en sus ojos. Una sonrisa que era una forma de vivir, la actitud optimista y serena que nos regalaba cada vez que estábamos con él. El abuelo Adhemar era un hombre con garbo, como dirían en las crónicas del 1900. No importaba si el traje que vestía había pasado por muchos inviernos o si su gorra había perdido su color original; él caminaba por el mundo con su porte de caballero. Presto siempre a saludar a un vecino del pueblo o a preguntar por la salud o el trabajo de quien estuviera pasando un mal momento. Intransigente con su diaria rutina, transitaba como en un ritual eterno, las mismas calles de balastro visitando las casas de ...

El papel higiénico

PAPEL HIGIÉNICO -  Cuentos de mi padre y sus amigos. Como todas las provisiones, el papel higiénico había sido comprado en unas de las tantas etapas del viaje de ida. En un boliche se compraba el vino, y de paso se disfrutaba de una grapita o caña para no pasar por mal educados frente al bolichero. En otro, se compraba el tabaco y se repetía, acorde a la época, religiosamente el rito: una copita “al paso”. Cuando llegó el turno al papel higiénico, a los compradores se les hizo difícil recordar la cantidad necesaria, y bueno, se compró “al tanteo”.   El día en que se terminó, al Pájaro se le da por querer ir al baño con todos los lujos. La boca se le convirtió en un surtidor de recriminaciones y lamentos hacia sus compañeros: -“¡Con ustedes no se puede salir!, ¡miré usté, no tener papel ni para limpiarse!, ¡semejantes hombres!, ¡qué disparate!”, y así seguía, sin recordar que él también formaba parte de las expediciones de compra y había compartido sus buenas copit...

LOS TITANES

LOS TITANES ¿Por qué un lugar tan chiquito al lado del mar se llamaría “Los Titanes”?. Quizás exista (aún no he dado con él) un relato mitológico donde se cuente el origen de este pequeño paraíso. Quizás algunos gigantes cansados de levantar cerros con forma de panes de azúcar o ballenas, se detuvieron a descansar en esta playa, parecida pero no igual a otras, a la vista de una isla árida y pequeña que para ellos estaba al alcance de las manos. Quizás, pienso, se quedaron dormidos mirando como algunas toninas (nuestros delfines criollos) daban saltos en el mar buscando algún ahogado para devolverlo a la orilla. Sus calles angostas de pedregullo van limitando manzanas rústicas pobladas de pinos y eucaliptus donde en aquel tiempo, hace mucho, se perdían sencillas casas de veraneo levantadas en su mayoría por trabajadores de clase media; aquella clase media de los 70. Nuestros padres con mucho esfuerzo, habían cumplido el sueño de “la casita de la playa”. A poco má...