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Mostrando las entradas etiquetadas como vivencias

LA VIEJA DE LA VENTANA

  LA VIEJA DE LA VENTANA Poco a poco su rostro surgía desde la oscuridad de aquel cuarto, como la caricatura de un espectro pasado de moda que solo podía asustar a los distraídos. La luz difusa del sol oculto por los edificios que rodeaban mi calle, iluminaba con desgano aquella cara, descubriendo apenas el contorno de sus pómulos endurecidos por los años, los labios apretados y aquellos ojos chiquitos que aunque cansados de tanto mirar, retenían aún restos del brillo adolescente donde se reflejaba el ir y venir de la gente. Le llamábamos la vieja de la ventana. Ella gastaba sus días, asomándose al mundo a través de aquella ventana de vidrios pequeños y antiguos, escondida detrás de una raída cortina de voile que alguna vez fue blanca y que silenciosa, se movía al impulso de su arrugada mano. Siempre estuvo ahí desde que tengo memoria. Vivía en una de las casas más viejas y derruidas del vecindario. Una construcción de techos altos, paredes gruesas y ventanas enormes con ...

LA POSIBLE HISTORIA DE MACCIÓ

LA POSIBLE HISTORIA DE MACCIÓ LA POSIBLE HISTORIA DE MACCIÓ Ya había perdido la cuenta de las horas que hacía que estaba ahí. Es que el tiempo se detuvo alrededor de aquella taza de café a medio tomar y del frío de ese pequeño mar negro que era el mismo que sentía en su alma. Estaba enfundado en el traje a rayas de siempre, lustroso por el rozar de tantos vientos, cuerpos e historias que fueron desgastando el lujo que otrora tuvo. Ese traje que no obstante su decrepitud, cuidaba como a un tesoro (quizás el único) porque no estaba seguro de quien arropaba a quien. Escondido como una sombra entre la nube de humo que desprendían mil cigarros y esquivando voces sin sentido, estaba en el mismo lugar de siempre. Aquel refugio compartido solo con su amigo, en la última mesa del bar de Asunción y Yaguarón. Al fondo del largo pasillo, incómodamente cerca de los baños siempre hediondos hasta donde llegaban apagadas las charlas de la barra y los reclamos del mozo. Ese era su lu...

EL TABLADO

EL TABLADO Una tarde de febrero, de esas en que la noche se va a tomar el fresco a orillas del río y demora en llegar, el viejo volviendo del trabajo nos decía: “¿vamos al tablado?”. Sabía la respuesta desde mucho antes de formular la pregunta, lo delataba la sonrisa pícara que se dibujaba en su rostro, generalmente serio. Mamá movía la cabeza con una mueca alegre sabiendo que en realidad era él el que quería ir. Todos nos arreglábamos lo más rápido que podíamos. Nos lavábamos la cara y las manos, íbamos al baño porque era mejor que no te diera ganas después y te vieras obligado a correr a ocultarte atrás del plátano más alejado de la puerta de entrada. Mamá mientras tanto, preparaba algún refuerzo para achicar el gasto, se acomodaba el peinado casi inexistente de tanta tarea y se vestía “para salir”. Y así, los cuatro, pisábamos la calle Asunción rumbo al tablado que quedaba como a diez cuadras. Cuando tomábamos Piedra Alta, en lo alto del repecho donde cruzaba...

MIS ABUELOS PATERNOS

MIS ABUELOS PATERNOS EL ABUELO PURO La parquedad de su presencia quizás hacía presumir un espíritu lejano y ausente. No sé si fueron los años, más de veinte, que viví a su lado (mi familia habitaba en el mismo edificio que mis abuelos paternos) los que me acercaron a su persona y me ayudaron a descifrar algunos de sus gestos ocultos. El abuelo Puro tenía su rutina que incluía, sugerir el menú del día a la abuela y pasar por nuestra casa a preguntar qué necesitábamos de la panadería, ya que infaltablemente cumplía ese ritual a la misma hora sin importar la lluvia o el sol. Algunas veces, no lo sé con certeza pero lo imagino, hacía una parada en el bar para cruzar algunas pocas palabras con los parroquianos. Fiel a su tiempo, vestía impecable con su camisa y su corbata (la que ajustaba con un perfecto nudo a su cuello) y muchas veces, su sombrero de ala protegía su calvicie. Lo recuerdo caminando mansamente por las veredas del barrio, deteniéndose a saludar a al...

MIS ABUELOS MATERNOS

MIS ABUELOS MATERNOS EL ABUELO ADHEMAR Un plato con cubitos de queso fresco, medio vaso de vino y una novela de Estefanía con historias lejanas de cowboys en sus manos. Acodado al fogón de la cocina, recalaba en ese puerto conocido, cada mediodía, el abuelo Adhemar con su sonrisa. Una sonrisa que aparecía en su voz, en su andar y en sus ojos. Una sonrisa que era una forma de vivir, la actitud optimista y serena que nos regalaba cada vez que estábamos con él. El abuelo Adhemar era un hombre con garbo, como dirían en las crónicas del 1900. No importaba si el traje que vestía había pasado por muchos inviernos o si su gorra había perdido su color original; él caminaba por el mundo con su porte de caballero. Presto siempre a saludar a un vecino del pueblo o a preguntar por la salud o el trabajo de quien estuviera pasando un mal momento. Intransigente con su diaria rutina, transitaba como en un ritual eterno, las mismas calles de balastro visitando las casas de ...