Esperanza La luz de un cirio recién estrenado, teñía de naranja el altar de la pequeña parroquia del pueblo. Nada se oía. El eco de las campanas pascuales, se había perdido entre los gastados bancos y las voces alegres de mujeres, hombres y niños, guardaban reposo en los hogares mientras el cura rezaba su último rosario. En un rincón, la sombra temblorosa de un crucifijo se movía sobre las viejas paredes, anunciando porfiada la esperanza.
Le llamaban “el Rengo” y era evidente la causa del apodo: su pierna izquierda terminaba en un muñón a la altura de la rodilla que él prolijamente cubría haciendo un doblez perfecto en el pantalón y ajustándolo con imperdibles que ocultaba entre la tela. Un rito diario que nadie había presenciado jamás y cuyo secreto protegía celosamente en cualquier circunstancia. Incluso en la intimidad de sus encuentros esporádicos de amores comprados con las pocas monedas que lograba reunir mendigando la ayuda que otros, muchas veces, necesitaban más que él. Su vida había cambiado en un segundo, como cambian casi siempre las vidas, sobre todo cuando cambian para mal. En el correr de sus sesenta y pico de años (no recordaba exactamente la fecha de su nacimiento), había visto de qué forma el destino (por dar un nombre a lo inentendible), jugaba con la gente llevándola sin predilección de ningún tipo, de la fortuna a la miseria, del ...