LA SIESTA (Mario Ferreira) La siesta se extendía interminable durante las tardes de verano en el pueblo. Afuera, el sol caía perpendicular sobre el balastro reflejándose mil veces en las facetas lustrosas e irregulares de cada piedra. Pequeños espejos naranjas que como si fueran gotas de agua, convertían en río a la calle que iba a perderse varias cuadras más abajo en otro barrio. Las chicharras cantaban su monótona canción de una sola nota y de a ratos, se unían para formar un frenético coro chirriante y agudo. El sonido que hace que mi memoria me lleve a aquellas tardes. Un vaho que se podía ver, cubría al pueblo. Pesado como un cobertor de lana apelmasada, nos aplastaba a todos. La casa dormitaba en penumbras, todas sus puertas y ventanas tapadas intentando imitar en algo a la noche, más fresca y respirable. Pero el sol era porfiado y tenaz y se colaba rayito a rayito por los resquicios más delgados y asombrosos como los que dejaba la puerta al no alcanzar...
Historias, versos y otras yerbas.