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Mostrando las entradas etiquetadas como biografía

EL ADIÓS

  El adiós Sentada en un viejo sillón de madera y junco, bajo la sombra del enorme paraíso que dominaba el patio, la abuela soportaba inmóvil las calientes mañanas de aquel verano de 1980. Solo sus ojos celestes, herencia de sus padres italianos, se movían buscando algún rastro de la rebeldía y fortaleza que siempre había tenido. Aquella mujer silenciosa, triste y quieta, era otra mujer. En el cielo de su mirada, cada vez más tenue, la busqué porfiado. Reviví en sus pupilas, los rezongos y corridas por la casa cuando nuestras diabluras se volvían molestas. Y sobre todo añoré su sonrisa franca asomada a la hora del mate, cuando colgaba su eterno delantal en el fogón y disfrutaba cansada pero feliz, de las tardes tranquilas del pueblo. Es que la abuela llevaba una armadura que solo se abría con la llave del beso de alguno de sus nietos. Y entre empujones y quejas, siempre asomaba aquella mueca de amor que por alguna razón, se resistía a permanecer más de lo necesario. El ...

LA VIEJA DE LA VENTANA

  LA VIEJA DE LA VENTANA Poco a poco su rostro surgía desde la oscuridad de aquel cuarto, como la caricatura de un espectro pasado de moda que solo podía asustar a los distraídos. La luz difusa del sol oculto por los edificios que rodeaban mi calle, iluminaba con desgano aquella cara, descubriendo apenas el contorno de sus pómulos endurecidos por los años, los labios apretados y aquellos ojos chiquitos que aunque cansados de tanto mirar, retenían aún restos del brillo adolescente donde se reflejaba el ir y venir de la gente. Le llamábamos la vieja de la ventana. Ella gastaba sus días, asomándose al mundo a través de aquella ventana de vidrios pequeños y antiguos, escondida detrás de una raída cortina de voile que alguna vez fue blanca y que silenciosa, se movía al impulso de su arrugada mano. Siempre estuvo ahí desde que tengo memoria. Vivía en una de las casas más viejas y derruidas del vecindario. Una construcción de techos altos, paredes gruesas y ventanas enormes con ...

LA ÚLTIMA VENTANA

LA ÚLTIMA VENTANA Me hipnotizaba el mundo que descubren los rayos de sol que se filtran por los resquicios de la persiana que cubre mi ventana. Un universo antes invisible donde de pronto cobran vida miles de puntitos indefinidos, preocupados por llegar sin rumbo, a ningún lado. Un mundo extraño formado por motas de polvo que siempre están a pesar de los esfuerzos de mi madre por mantener todo limpio. Restos de hollín originado en la avenida que pasa a pocos metros de casa y harina que vuela y se escapa del molino de enfrente. Mi casa, la casa de mis padres, tiene una sola ventana. Desde que tengo memoria está allí. Esa última ventana de una fila que asciende hacia el cielo en el viejo edificio, se convertía en un refugio secreto, un lugar desde donde dominaba al mundo. Era mi puesto de vigía oteando el horizonte de treinta metros de asfalto y baldosas gastadas. Detrás de la persiana baja, veía pasar la gente y oía sus voces. Me dejaban fragmentos de frases de...

MIS ABUELOS PATERNOS

MIS ABUELOS PATERNOS EL ABUELO PURO La parquedad de su presencia quizás hacía presumir un espíritu lejano y ausente. No sé si fueron los años, más de veinte, que viví a su lado (mi familia habitaba en el mismo edificio que mis abuelos paternos) los que me acercaron a su persona y me ayudaron a descifrar algunos de sus gestos ocultos. El abuelo Puro tenía su rutina que incluía, sugerir el menú del día a la abuela y pasar por nuestra casa a preguntar qué necesitábamos de la panadería, ya que infaltablemente cumplía ese ritual a la misma hora sin importar la lluvia o el sol. Algunas veces, no lo sé con certeza pero lo imagino, hacía una parada en el bar para cruzar algunas pocas palabras con los parroquianos. Fiel a su tiempo, vestía impecable con su camisa y su corbata (la que ajustaba con un perfecto nudo a su cuello) y muchas veces, su sombrero de ala protegía su calvicie. Lo recuerdo caminando mansamente por las veredas del barrio, deteniéndose a saludar a al...

MIS ABUELOS MATERNOS

MIS ABUELOS MATERNOS EL ABUELO ADHEMAR Un plato con cubitos de queso fresco, medio vaso de vino y una novela de Estefanía con historias lejanas de cowboys en sus manos. Acodado al fogón de la cocina, recalaba en ese puerto conocido, cada mediodía, el abuelo Adhemar con su sonrisa. Una sonrisa que aparecía en su voz, en su andar y en sus ojos. Una sonrisa que era una forma de vivir, la actitud optimista y serena que nos regalaba cada vez que estábamos con él. El abuelo Adhemar era un hombre con garbo, como dirían en las crónicas del 1900. No importaba si el traje que vestía había pasado por muchos inviernos o si su gorra había perdido su color original; él caminaba por el mundo con su porte de caballero. Presto siempre a saludar a un vecino del pueblo o a preguntar por la salud o el trabajo de quien estuviera pasando un mal momento. Intransigente con su diaria rutina, transitaba como en un ritual eterno, las mismas calles de balastro visitando las casas de ...