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EL ADIÓS

  El adiós Sentada en un viejo sillón de madera y junco, bajo la sombra del enorme paraíso que dominaba el patio, la abuela soportaba inmóvil las calientes mañanas de aquel verano de 1980. Solo sus ojos celestes, herencia de sus padres italianos, se movían buscando algún rastro de la rebeldía y fortaleza que siempre había tenido. Aquella mujer silenciosa, triste y quieta, era otra mujer. En el cielo de su mirada, cada vez más tenue, la busqué porfiado. Reviví en sus pupilas, los rezongos y corridas por la casa cuando nuestras diabluras se volvían molestas. Y sobre todo añoré su sonrisa franca asomada a la hora del mate, cuando colgaba su eterno delantal en el fogón y disfrutaba cansada pero feliz, de las tardes tranquilas del pueblo. Es que la abuela llevaba una armadura que solo se abría con la llave del beso de alguno de sus nietos. Y entre empujones y quejas, siempre asomaba aquella mueca de amor que por alguna razón, se resistía a permanecer más de lo necesario. El ...

LOS ABUELOS: día del abuelo 2021

Las abuelas, los abuelos Por detrás de los asombrados ojos de mi madre y de mi padre, asomaban, vistiendo sonrisas amorosas, cuatro rostros. No sabía yo al momento de nacer (¡cómo lo iba a saber!), que iban a acompañarme el resto de mi vida. Mis cuatro abuelos aunque muy distintos, se las arreglaron para dejarme cada uno su legado, aun cuando seguramente, ellos nunca lo supieron. Tuve una abuela que trajinaba todo el día, a veces rezongando, haciendo honor a su ascendencia italiana. Me enseñaba su quinta y sus gallinas y la ayudaba a tender las sábanas al sol. Algunas noches, se sentaba con nosotros a jugar a las cartas y allí se volvía niña. De ella aprendí a decir lo que pienso y que no hay tarea pequeña cuando se hace por nuestros seres queridos. Gracias abuela Ana. Tuve una abuela que me regaló una Biblia y me mimaba. Era como una especie de ángel guardián a domicilio al que acudía cuando de niño, me metía en problemas. La acompañaba a visitar a sus amigas y nos divertíamos m...

LOS SUSURROS DEL TE

  LOS SUSURROS DEL TÉ Desde lejos, mucho antes de llegar a su casa, ya se escuchaba el barullo ininteligible de mil voces mezcladas, que en medio de difusas melodías, salían en un eterno caos de su vieja radio. Nada más doblar la esquina, te atropellaban sin permiso. Eran los ruidos que se escapaban por el agujero redondo de aquella caja-jaula de madera antiquísima, de perillas gastadas y un dial que recorría con su aguja, balbuceos sin sentido hasta arribar, con dificultad, a la estación elegida. Sobre todo en las tardecitas calurosas del pueblo, cuando las ventanas se abrían buscando alguna bocanada despistada de aire fresco (que nunca llegaba), se fundían sin distingos, tangos, noticias y fútbol que se esfumaban despacito y sin apuro en un viaje sin retorno. Igual que volutas de humo de un imaginario cigarrillo siempre encendido. Nunca supe a ciencia cierta la causa de su sordera. En las siestas de verano, huyendo de la resolana que nos hacía cerrar los ojos y arrugar la nariz...

EL SÓTANO

EL SÓTANO En homenaje a todos los que pasaron por él y dejaron en sus paredes, un pedacito de historia.  Mil gracias "Ficha" y "Chiche" por compartir generosamente conmigo sus recuerdos. Escaleras abajo, el aire se poblaba de historias, y también de fantasmas que ya habitábamos desde tiempos inmemoriales ese recinto, mucho antes de haber sido levantadas sus paredes y dispuestas las ventanas. Incluso antes aún, de que alguien (ya no recuerdo el nombre) bajara esos escalones nuevos y relucientes por primera vez. Por eso puedo con propiedad, contarles esta historia. En este viejo sótano ubicado en la esquina que forman las calles montevideanas de Magallanes y Lima (donde por un descuido del destino se unen el nombre de un conquistador con el de una ciudad conquistada), un grupo de amigos orejeaba las cartas de la vida entre risas, discusiones y copas mientras allá arriba, el loco mundo seguía dando vueltas y vueltas al sol. La luz amarillenta de las lamparitas Gene...

LA PERSIANA (tributo a mi calle)

  LA PERSIANA La persiana a medio cerrar del cuarto de mis padres era nuestro mirador secreto a la calle Asunción.  Angosta y transitada, segundona y humilde, intentaba sin conseguirlo, hacerse lugar entre dos colegas de mayor alcurnia. Una imponente, con título de avenida y aires de grandeza que se convierten en vientos perennes que levantan faldas y estropean paraguas. Otra más humilde y doméstica, que defiende con bravura su estirpe, llevando ómnibus y autos al centro de la ciudad, haciendo sentir el rigor de un empinado y largo, larguísimo repecho. En aquel apartamento de un solo dormitorio, nos acomodábamos mis padres, mi hermano y yo, sin protestar, disfrutando sin lujos nuestra infancia. Mi madre nos decía que no anduviéramos mucho en la calle. Creía que un mundo de riesgos y peligros invisibles estaban esperando para caer sobre nosotros apenas traspasáramos la puerta del edificio y tocáramos las baldosas de aquella desgastada vereda. Fue así que aqu...

HASTA QUE NOS DUELA DE AMOR (un cuento navideño)

  Hasta que nos duela de amor No estaba segura si aquella sensación era otra trampa de su mente. Es que últimamente le estaba jugando malas pasadas. A Ana le parecía que ya había transcurrido mucho desde aquella noche en la que el mundo había cambiado tanto. Ya no le prestaba atención al pasaje del tiempo: “¿qué utilidad tiene a estas alturas?”, se decía. Pero esto era diferente. La puerta del residencial se había cerrado a cal y canto. Durante días y días no había podido salir de su habitación. La angustiaba la incertidumbre de no saber cómo estarían sus rosas (que seguro esperaban por ella), y sobre todo, el no poder tomar la mano de su hijo. Él se asomaba una vez a la semana a la ventana que daba al jardín como en una vieja fotografía y le hablaba con palabras entrecortadas que parecían venir de muy lejos. Y ella asentía con la cabeza mientras una mueca que quería ser sonrisa, aparecía sin ganas en su rostro. Es todo lo que podía hacer. Algunas veces se preguntó incluso, s...

TRAS LA CORTINA

TRAS LA CORTINA En homenaje a la Librería Cooperativa del Cordón y a todas las librerías de viejo que tanto hacen por acercar la cultura a todos. El zumbido de los tubos fluorescentes era molesto, pero ya no lo oían. Uno se acostumbra a casi todo. Cada tanto la fría luz decaía en un pestañazo sin aviso. -¡Hay que cambiar ese tubo, te lo pedí hace meses!   Dejás las cosas para después, y chau, nunca más. Él siguió rascando distraídamente aquel rastro de pintura roja que tanto le molestaba. Cada vez que lograba sacar una lasca, emergía otro color aún más feo. “¿Es que habrá madera ahí abajo?”, se preguntaba. El mate sobre el mostrador del fondo, esperaba hace rato que alguna mano se apiadara de él y le transmitiera algo de tibieza que lo reconfortara, aunque sea un poco. Néstor y Elsa estaban sentados como cada tarde en aquellos viejos taburetes que más parecían de bar que de librería. Se había terminado otro día; en realidad hoy, se habían terminado todos los días. -¡C...