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LA PERSIANA (tributo a mi calle)

  LA PERSIANA La persiana a medio cerrar del cuarto de mis padres era nuestro mirador secreto a la calle Asunción.  Angosta y transitada, segundona y humilde, intentaba sin conseguirlo, hacerse lugar entre dos colegas de mayor alcurnia. Una imponente, con título de avenida y aires de grandeza que se convierten en vientos perennes que levantan faldas y estropean paraguas. Otra más humilde y doméstica, que defiende con bravura su estirpe, llevando ómnibus y autos al centro de la ciudad, haciendo sentir el rigor de un empinado y largo, larguísimo repecho. En aquel apartamento de un solo dormitorio, nos acomodábamos mis padres, mi hermano y yo, sin protestar, disfrutando sin lujos nuestra infancia. Mi madre nos decía que no anduviéramos mucho en la calle. Creía que un mundo de riesgos y peligros invisibles estaban esperando para caer sobre nosotros apenas traspasáramos la puerta del edificio y tocáramos las baldosas de aquella desgastada vereda. Fue así que aqu...

HASTA QUE NOS DUELA DE AMOR (un cuento navideño)

  Hasta que nos duela de amor No estaba segura si aquella sensación era otra trampa de su mente. Es que últimamente le estaba jugando malas pasadas. A Ana le parecía que ya había transcurrido mucho desde aquella noche en la que el mundo había cambiado tanto. Ya no le prestaba atención al pasaje del tiempo: “¿qué utilidad tiene a estas alturas?”, se decía. Pero esto era diferente. La puerta del residencial se había cerrado a cal y canto. Durante días y días no había podido salir de su habitación. La angustiaba la incertidumbre de no saber cómo estarían sus rosas (que seguro esperaban por ella), y sobre todo, el no poder tomar la mano de su hijo. Él se asomaba una vez a la semana a la ventana que daba al jardín como en una vieja fotografía y le hablaba con palabras entrecortadas que parecían venir de muy lejos. Y ella asentía con la cabeza mientras una mueca que quería ser sonrisa, aparecía sin ganas en su rostro. Es todo lo que podía hacer. Algunas veces se preguntó incluso, s...

TRAS LA CORTINA

TRAS LA CORTINA En homenaje a la Librería Cooperativa del Cordón y a todas las librerías de viejo que tanto hacen por acercar la cultura a todos. El zumbido de los tubos fluorescentes era molesto, pero ya no lo oían. Uno se acostumbra a casi todo. Cada tanto la fría luz decaía en un pestañazo sin aviso. -¡Hay que cambiar ese tubo, te lo pedí hace meses!   Dejás las cosas para después, y chau, nunca más. Él siguió rascando distraídamente aquel rastro de pintura roja que tanto le molestaba. Cada vez que lograba sacar una lasca, emergía otro color aún más feo. “¿Es que habrá madera ahí abajo?”, se preguntaba. El mate sobre el mostrador del fondo, esperaba hace rato que alguna mano se apiadara de él y le transmitiera algo de tibieza que lo reconfortara, aunque sea un poco. Néstor y Elsa estaban sentados como cada tarde en aquellos viejos taburetes que más parecían de bar que de librería. Se había terminado otro día; en realidad hoy, se habían terminado todos los días. -¡C...

UNA HISTORIA DE ALQUIMIA

  Una historia de alquimia Cada invierno, el amanecer nos regalaba su aliento de bruma, fresco en la piel y espeso en la nariz. La tierra se desperezaba y nosotros con ella. El aroma del prado húmedo y adorable, despabilaba los sueños nocturnos y salíamos al patio en busca del agua helada del aljibe que sonrosaba nuestras mejillas de vergüenzas infantiles. Desde el galpón, cercano a la casa, llegaba el olor del pan recién horneado esperando impaciente para ofrecerse al sacrificio, acompañado en su aventura, de los sonidos caóticos de ollas, cucharones y platos que se estrellaban disonantes y escandalosos, contra el silencio de la mañana. Y en medio de las paredes renegridas por años de humos cocineros, emergía en constante movimiento, trasmutando el fruto de su quinta en manjares increíbles, mi tía la alquimista. Una vieja cocina, cual eterno atanor, regaba con su calor y resplandores amarillos y naranjas, la mesa a la cual corríamos a sentarnos atropellando el aire perfumado...

SEPIA Y DESCOLORIDA

SEPIA Y DESCOLORIDA Aquella foto se hacía esquiva.  Insensible frente a la necesidad que tenía de mirarla otra vez. Estaba seguro de que cambiaba de lugar cada vez que me acercaba a su escondite. Podía oír el roce del viejo papel escurriéndose entre las sábanas almidonadas donde mi madre guardaba sus tesoros. Y de allí al estante de las medias y luego al de las camisas y seguro que saltaba de sitio en sitio evitando cuidadosamente la caja de las fotos familiares, porque allí ya había buscado pero ella sabía, que iba a volver. Esa noche había soñado mucho, como tantas otras noches. Aunque suena contradictorio, recuerdo mejor los sueños ahora de viejo que en mi juventud. Pero especialmente hoy, había despertado con la imagen borrosa de esa fotografía grabada en mis pupilas. Una fotografía sepia y descolorida que alguna vez de niño mi madre me había enseñado. En el sueño no alcanzaba a reconocer rostros ni lugares. Una bruma cubría la escena donde lo único que podía entrever...

LA VIEJA DE LA VENTANA

  LA VIEJA DE LA VENTANA Poco a poco su rostro surgía desde la oscuridad de aquel cuarto, como la caricatura de un espectro pasado de moda que solo podía asustar a los distraídos. La luz difusa del sol oculto por los edificios que rodeaban mi calle, iluminaba con desgano aquella cara, descubriendo apenas el contorno de sus pómulos endurecidos por los años, los labios apretados y aquellos ojos chiquitos que aunque cansados de tanto mirar, retenían aún restos del brillo adolescente donde se reflejaba el ir y venir de la gente. Le llamábamos la vieja de la ventana. Ella gastaba sus días, asomándose al mundo a través de aquella ventana de vidrios pequeños y antiguos, escondida detrás de una raída cortina de voile que alguna vez fue blanca y que silenciosa, se movía al impulso de su arrugada mano. Siempre estuvo ahí desde que tengo memoria. Vivía en una de las casas más viejas y derruidas del vecindario. Una construcción de techos altos, paredes gruesas y ventanas enormes con ...

UN VUELO DE REGRESO (mención especial en el concurso literario Sea Shepherd Uruguay 2020)

UN VUELO DE REGRESO Una pluma llegó a mis pies. Casi invisible, suavemente, como cuidándose de no hacer ruido. Escapada de algún pájaro más preocupado en esquivar los abrazos y besos que deambulan por el aire faltos de dueño, que en cuidar su vestido. Es que nadie los quiere. A los besos y a los abrazos, digo; y creo que tampoco a los pájaros. La miré y tuve miedo de tomarla; ¿cuánto viven los virus en una pluma? Era pequeña y azul, de un azul agrisado y profundo. Me pareció verla temblar, reposando en el empeine de mi pie descalzo. Como un reflejo, pateé al aire para librarme de ese estorbo y fue a parar a la arena. Justo al lado de una botella vacía de refresco que sucia y abandonada, purgaba la larga agonía de convertirse en polvo. “No voy a estar para verlo”, me dije para mis adentros. Volví a mirar al cielo intentando encontrar al dueño de aquella pluma que seguía temblando de miedo y soledad. Pensé lo extraño que sería para ella el encontrarse en este lugar, acostum...