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UN VUELO DE REGRESO (mención especial en el concurso literario Sea Shepherd Uruguay 2020)


UN VUELO DE REGRESO



Una pluma llegó a mis pies. Casi invisible, suavemente, como cuidándose de no hacer ruido.

Escapada de algún pájaro más preocupado en esquivar los abrazos y besos que deambulan por el aire faltos de dueño, que en cuidar su vestido. Es que nadie los quiere. A los besos y a los abrazos, digo; y creo que tampoco a los pájaros.

La miré y tuve miedo de tomarla; ¿cuánto viven los virus en una pluma?

Era pequeña y azul, de un azul agrisado y profundo.

Me pareció verla temblar, reposando en el empeine de mi pie descalzo.

Como un reflejo, pateé al aire para librarme de ese estorbo y fue a parar a la arena. Justo al lado de una botella vacía de refresco que sucia y abandonada, purgaba la larga agonía de convertirse en polvo. “No voy a estar para verlo”, me dije para mis adentros.

Volví a mirar al cielo intentando encontrar al dueño de aquella pluma que seguía temblando de miedo y soledad. Pensé lo extraño que sería para ella el encontrarse en este lugar, acostumbrada al movimiento  de las alas que le daban sostén.

Pero, ¿cuánto hacía que había abandonado a su ave madrina?, ¿se había despegado como una hoja de árbol en otoño al envejecer o había sido expulsada por alguna razón?

Por fin la tomé en mis manos y con mucha suavidad la hice pasar por mis dedos. Cerré los ojos y sentí su caricia. Me hizo sonreír con pequeñas cosquillas.

¿De dónde venía?, ¿a quién pertenecía?

Al caer la tarde, guardé la pluma en mi bolsillo y fui hasta la biblioteca del pueblo. Recordaba de mis tiempos de estudiante, que había un libro que hablaba de las aves.

Busqué por largo rato. Descubrí que había tantas especies de pájaros como sueños podía tener en mi cabeza.

Muy entrada la noche, lo encontré. Al dar vuelta una hoja me topé con un ave hermosa y alegre. Nunca creí que fuera posible descubrir una sonrisa en el pico de un pájaro, pero éste sonreía.

“Guacamayo Azul (Anodorhynchus glaucus), significa, pico sin dientes de color azul grisáceo, también llamado Arará Celeste y Guaá-hoví en guaraní. Extinguido, se lo vio por última vez (se cree aunque se duda), hace más de 65 años.”

Releí el párrafo y una palabra quedó dando vueltas en mi cabeza: “Extinguido”.

¿Cómo podía ser?, ¡tenía una de sus plumas en mis manos, estaba seguro!

Rebusqué en mi bolsillo y allí estaba, aunque ahora su aspecto no era el mismo que en la playa: mustia, su color se había tornado más negro y opaco, sus pequeñas barbas estaban separadas y endurecidas. Su hermosura se había extinguido.

A partir de ese día, miro por horas al cielo esperando que aparezca el dueño de mi pluma, para encontrarme con la sonrisa de ese “pico sin dientes”.

Quizás regresen desde el pasado él y sus amigos, ahora que el aire es más puro. Aunque no sé, por cuánto tiempo.


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