EL TABLADO Una tarde de febrero, de esas en que la noche se va a tomar el fresco a orillas del río y demora en llegar, el viejo volviendo del trabajo nos decía: “¿vamos al tablado?”. Sabía la respuesta desde mucho antes de formular la pregunta, lo delataba la sonrisa pícara que se dibujaba en su rostro, generalmente serio. Mamá movía la cabeza con una mueca alegre sabiendo que en realidad era él el que quería ir. Todos nos arreglábamos lo más rápido que podíamos. Nos lavábamos la cara y las manos, íbamos al baño porque era mejor que no te diera ganas después y te vieras obligado a correr a ocultarte atrás del plátano más alejado de la puerta de entrada. Mamá mientras tanto, preparaba algún refuerzo para achicar el gasto, se acomodaba el peinado casi inexistente de tanta tarea y se vestía “para salir”. Y así, los cuatro, pisábamos la calle Asunción rumbo al tablado que quedaba como a diez cuadras. Cuando tomábamos Piedra Alta, en lo alto del repecho donde cruzaba...
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